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El amor y el miedo, Parte II: El miedo

 

… En vez de esta perspectiva de la vida como MIEDO, creo que deberíamos cambiar la perspectiva y vivir la vida como AMOR; no como amor de pareja, sino como AMOR genuino por el resto de seres porque, a fin de cuentas, el resto de seres son nuestros hermanos. A todos nos cubre el mismo cielo, todos pisamos el mismo suelo y, sobre todo, debajo de la piel de cada uno late un CORAZÓN que no es diferente de los corazones del resto de seres vivos.

El miedo contrae, encoge, presiona, encorseta. El miedo nos hace ser pequeños, débiles, estar siempre pendientes de por dónde va a aparecer una fiera dispuesta a devorarnos.

El miedo tiene muchas caras; cuando hablo de él nunca me refiero a la emoción que tradicionalmente llamamos así, sino a una actitud vital que se manifiesta de diferentes formas: El odio, la rabia, la culpa, el prejuicio, la depresión… Son distintas manifestaciones de una misma actitud, el miedo.

Sin embargo, el miedo no surge porque sí, sino que es “hijo” del apego. El apego a las cosas, el apego a las personas y el apego a nosotros mismos son las causas del miedo. El miedo surge de querer poseer lo que nos rodea, de ser su dueño, de que existan indefinidamente y de existir nosotros indefinidamente.

Es cuando queremos poseer lo que nos rodea cuando tenemos miedo a perderlo. Tememos perder nuestra casa, nuestro coche, nuestros amigos, nuestra familia, nuestra pareja… Y, por supuesto, tememos perdernos a nosotros mismos, tememos desaparecer y no ser esos “seres especiales”, diferenciados del mundo.

El camino espiritual de Buda comenzó, precisamente, cuando se dió cuenta de que él no era tan especial y que también le podían afectar la enfermedad, la vejez y la muerte. Y fue entonces cuando comenzó el camino para buscar la causa del sufrimiento humano, una búsqueda que concluyó cuando comprendió que el sufrimiento humano se debía al apego, al no aceptar la fugacidad de cuanto nos rodea y de, por supuesto, nosotros mismos.

Cuando nos damos cuenta (a través de la meditación o de otras prácticas, pero raramente a través de nuestra “mente racional”) de la fugacidad de la existencia y de que todos los seres compartimos unas mismas vivencias íntimas, la diferencia entre “yo” y “otros” empieza a carecer de importancia. Así, gradualmente, van desapareciendo las etiquetas sociales y culturales, las de estátus económico, las de género y todas aquellas que separan a cada uno de nosotros del resto de seres. Así tomamos conciencia de que, más que ser seres aislados, somos partes de una misma realidad, de un mismo “TODO” que hace que en esencia, seamos genuinamente iguales.

Y cuando somos conscientes de que, en esencia, somos iguales, se produce en nosotros un instinto de cuidar y respetar a otros, diseminando a nuestro alrededor el amor compasivo, que es el amor que surge de la certeza de que todos los seres (que no sus acciones) son merecedores de amor, puesto que todos estamos envueltos en el mismo ciclo, en la fugacidad de nuestra existencia.

 

…Continúa…

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